En la Quimera

Intento de cuentos breves fantásticos e irreales.

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Por Lolo
Para Teresa
Teresa hurgaba entre miles de documentos uno que se había extraviado en las sucesivas mudanzas que sufrió su oficina en poco tiempo. El escrito parecía hacerse invisible entre tantos otros. De todos modos, no revestía importancia vital, pero se lo estaban reclamando y ella se sentía la responsable directa de la desaparición del expediente.

Su trabajo, poco apreciado, era paradójicamente el que movía las pesadas estructuras burocráticas en las oficinas administrativas de la corporación desde hace años.

Pidió ayuda a otros sectores, que simplemente se limitaron a seguir con sus tareas. Su decepción era tal con la gente que, fastidiada, le escribió a un amigo, El Mago, diciéndole con el pecho cargado de tristeza “contame uno de esos cuentos que me hagan creer que se puede cambiar la mentalidad de la gente, una historia que me alegre”.

El Mago, entendiendo su aflicción por la indolencia y apatía de la gente, simplemente le dijo: “todos irán convirtiéndose en lo que son en esencia. No es un cuento, pero vas a ver que la gente sí cambia”.

De pronto, el ala norte de la corporación comenzó a llenarse de plantas. Algunas más vigorosas, otras en las que apenas podía deducirse que corría sabia por su interior. Algunas eran simplemente un arbusto xerófilo casi marchito. Aparecieron monos, cerdos, caballos, tigres, linces; en definitiva, toda una fauna dentro de una jungla heterogénea mientras Teresa, una majestuosa mariposa se elevaba por sobre esa selva con un aleteo incesante. Y promisorio.

Por Lolo

“Vas a imaginar que estás en una playa de aguas turquesas y arenas blancas. Quizá una playa que ya conocés y a la que te gustaría volver”.
Marcelo transitaba la última parte de la práctica de yôga imaginando esa playa desierta, prístina, llena de paz estando en una sala que protegía a todos los alumnos de un temporal de viento patagónico incesante.
“Estás tirado en esa arena tibia, sintiendo el sol y una suave brisa que te llena de tranquilidad y paz, trayendo el sonido del follaje de árboles cercanos…”
Apenas sentía ya la voz del instructor, hipnotizado por la imagen de las aguas cristalinas y la brisa marina.
“Vas a sentir que de a poco te olvidás de todos tus problemas, que la arena te sostiene firmemente anclado y que la gravedad de la tierra es lo único que te mantiene ahí”.
La mente serena de Marcelo se llenó de vitalidad.
“De a poco, vas a sentir que tu cuerpo empieza a desvanecerse en esa arena blanca, relajando cada músculo, cada tejido, cada hueso; trayendo salud y orden”
Completamente compenetrado en las palabras del instructor que escuchaba como un susurro lejano, comenzó a sentir como sus problemas se alejaban, cómo ganaba energía mientras en esa playa paradisíaca su cuerpo se iba convirtiendo en miles de partículas de arena.
Sintió una paz inexplicable y al cabo de un momento despertó en aquella playa un tanto asustado, pero feliz, mientras en la sala de práctica un montón de arena parecía haberse colado por debajo de uno de los ductos de ventilación.

Por Lolo


El tiempo estaba horrible. El frío me parecía exagerado, desmedido. Garuaba y de tanto en tanto caía escarchilla. Ya eran las 5 de la tarde y decidí enfrentar las 10 cuadras entre la oficina y mi departamento sin más dilaciones.

Salí y el aire cortaba mis mejillas. Caminé rápido por entre los charcos de agua que se habían formado en las baldosas de las veredas pensando si era mejor llegar y tomar un té, un café o una infusión de hierbas.

Cuando salí de la distracción de mis pensamientos me di cuenta de que un perro me venía siguiendo. Tenía collar y me miraba con cierta pena. “¡Fuera!”, le dije, compasivamente, pero el animal se empeñaba en seguirme. Le grité un par de veces y me siguió a una distancia más prudente. Suponía que se había percatado de mi mal humor por la llovizna helada.

Caminé un par de cuadras y noté que el perro seguía detrás de mí. Totalmente malhumorado frené, giré y le grité que se fuera. Hizo un ademán de esconderse, miró con tristeza y se quedó parado. Apenas giré, seguía detrás. Fastidiado, decidí ignorarlo.

La lluvia comenzó a ser cada vez más espesa. Llegué al edificio. Previsiblemente, el perro estaba junto a mí. Busqué la llave para abrir el portón y no la encontré. Revisé con más detenimiento, hice un repaso mental. Ya no era lluvia, era un chaparrón desmedido y que amenazaba con arruinarme el día.

La llave no aparecía, me tomé la cabeza, tratando de recordar y comencé a mirar hacia arriba a un muchacho que buscaba algo sin parar. Me sentía completamente empapado. El muchacho, de pronto sacó un llavero enorme y abrió el portón de un edificio gigante. Intenté entrar, buscando cobijo y siguiendo su perfume, que me resultaba familiar, pero lo evitó con una brusca parada en mi hombro derecho y simplemente me quedé ahí. Quieto. Empapado. Esperando.

Por Lolo
Para Matías Pecile


Matías se acomodó las rastas como pudo y salió a correr como casi todos los días. Acomodó unos auriculares en sus orejas con música apropiada, realizó un pequeño precalentamiento en la esquina de su casa, y luego de un leve trote por la banquina de la ruta norte llegó hasta el sendero aeróbico. Su meta del día era recorrer 10 kilómetros.

Apenas empezó a correr se sintió extrañamente confundido. Intentó no darle importancia, pero notó como todo a su alrededor comenzaba a oscurecerse. Quería parar, pero no podía. Sentía desvanecerse y el miedo se le transformó en una sensación cercana.

Mientras corría alcanzó una velocidad que le resultaba ajena. No entendía qué fuerza lo obligaba a desplazarse con tanta resolución, ligereza y rapidez por ése sendero que ahora era una oscuridad aterradora.

Temía tropezar y caerse, chocar contra uno de los árboles que están al costado del sendero o caer en uno de los barrancos.

Matías no podía parar de correr. Contra su voluntad. Desafiando cualquier ley de la naturaleza sentía una liviandad en su cuerpo que lo hacía desplazarse casi por el aire. Desesperado comenzó a mover los brazos, a querer ver, a obligar de alguna manera que aquella tiniebla se disipara. Movió un poco más los brazos y vio una luz blanquecina. Matías había nacido.

Por Lolo


Fernando trabó la puerta del departamento con prisa, pues ya eran las 6.50 y tenía que llegar, sin demoras, a las 7.15 a la oficina. Se subió el ascensor y usó, como todos los días, los espejos para fijarse si lucía bien o si en el apuro había quedado despeinado o con algún resto de pasta dentífrica. Con todo en orden, se bajó del ascensor y cruzó el portón principal del edificio y miró el reloj. Marcaba las 6.45.

Se alivió por saber que tenía más tiempo para caminar las 10 cuadras que lo separaban de la oficina. Disminuyó un poco el ritmo y repasó mentalmente las tareas que le habían quedado pendientes del día anterior.

Cruzando la plaza principal de la ciudad, el reloj marcaba las 6.40. Confundido, miró su reloj, que marcaba la misma hora. “Creo que me levanté más temprano de lo que pensé”, se conformó y siguió caminando.

Al ingresar al complejo, el fichaje marcó las 6.30 y, ya preocupado, volvió a cotejar con su reloj, que sostenía la misma hora que el fichero. La claridad crepuscular que anuncia la salida del sol dejó paso a la noche, mientras Fernando se quedó atónito mirando como su reloj retrocedía.

En la oficina no había nadie. Ni un alma podía explicarle qué estaba pasando. Repasó los momentos desde que salió de su edificio hasta llegar al complejo y notó que no se había cruzado con nadie en la calle. No había personas.

Preocupado, salió a la vereda. La madrugada era directamente una noche cerrada.

Asustado, volvió a su departamento. Subió al ascensor. Su cara denotaba fatiga y temor. Entró al departamento y semidormido se acostó y se durmió pensando en qué era lo que tenía que hacer ayer. Eran las 5.30.

Por Lolo


Gastón estaba en la cocina desayunando. Un hilo de luz se colaba por las cortinas de la cocina. Su madre, María, comenzaba la cocción de sus mermeladas de frutilla, que comenzó a inundar la casa de fragancias silvestres.

Era una mañana agradable. El invierno ya le había dado paso al esplendor de la primavera. La nieve ya era recuerdo y los árboles frutales estaban todos en flor.
Gastón tomó un sorbo de su café y en ése instante se oscureció todo. No podía distinguir absolutamente nada, ni siquiera el fuego de la cocina dónde un segundo atrás estaba su madre. Asustado comenzó a llamarla, pero no tuvo respuesta. Tropezó con los muebles y se dirigió a la puerta para ver qué pasaba.

El cielo estaba completamente negro. Era un eclipse, pero no se veían estrellas. Un sudor frío le corrió por el cuerpo y empezó a llamar a los gritos a su mamá. Pero además de oscuridad todo era silencio. Un silencio perturbador.

Desorientado se sentó en el portal y se acurrucó. Comenzó a llorar del terror. De pronto se iluminó todo. Estaba sólo en medio de un pastizal amarillento. Miró hacia atrás y vio su casa. Caminó con cierta dificultad hasta llegar. La estructura estaba visiblemente deteriorada. Abandonada. Entró. Sólo cuando miró su rostro en el espejo roto del baño, cargando 30 años más de los que tenía cuando las fresas aromaban la cocina, Gastón entendió todo.

Por Lolo



Nicolás se levantó del sillón, corrió las cortinas y miró por la ventana hacia la calle. Sostenía un porrón de cerveza en la mano. Le intrigaba saber de dónde provenía un agudo sonido. Era una vibración que parecía crecer a cada momento.

Desde su balcón no pudo ver nada. Apenas algunas luces borrosas envueltas en la niebla, un tanto frecuente en ésa época del año.

Volvió y se acomodó en el sillón, un tanto inquieto con el silbido. Se quedó ahí. Inmóvil. Alerta. El sonido, en una extraña frecuencia alta, iba creciendo de a poco. Nicolás comenzó a hacer conjeturas de todo tipo. Se tranquilizó pensando que era alguna alarma lejana.

Pero lo que en un momento era un susurro se convertía de a poco en un silbido cada vez más insoportable. En un instante, el pitido comenzó a ensordecerlo. Se tapó los oídos con un almohadón, pero era inútil.

En pocos minutos estaba tirado en el suelo, quejándose con gritos sordos. Comenzó a salirle sangre de los oídos. Se agarraba la cabeza, impotente. No tardó mucho tiempo para que explotaran todos los vidrios del departamento. Agonizando, recordó lo que pasaba a diez mil kilómetros de ahí: el primer ataque de los Altruos de Terracot.

Por Lolo



Una leve brisa soplaba desde el sur y le daba de lleno en la cara. Desde ése balcón podía ver la inmensidad de la ciudad. Ése entramado de avenidas y edificios del cual se estaba despidiendo inmerso en pensamientos caóticos y desordenados.

Las drogas circulaban libres por todo su cuerpo, haciéndole perder toda sensación de realidad. No le asustaba nada. Esa brisa fresca en el rostro era la única percepción real que tenía. Y sabía que ahí, desde ése piso 26, enfrentaba a la muerte. Incluso se reía de ella.

Era una cuestión de decidirse. De dar ese paso que separa la delgada línea entre la vida y la muerte. Bastaba un envión para ponerle un punto final a todas sus cavilaciones. Mientras trataba de decidirse intentó recordar su vida, pero no pudo, aletargado por el efecto de los narcóticos. Entonces se dejó caer.

Aquella brisa se hizo cada vez más intensa, más fresca, más vital. Alcanzó a pensar sobre la ironía de la vitalidad del éter. Podía ver próximo el asfalto.

La brisa se transformó en una corriente que comenzó a llenarlo de aire, un aire cada vez más espeso y fresco. Mientras se acercaba al suelo, más aire entraba a sus pulmones. Más y más aire. Fue entonces cuando con un sobresalto se incorporó sobre la camilla, se retiró la mascarilla de oxígeno y se secó las lágrimas, envuelto aún en pensamientos caóticos y desordenados.

Por Lolo

En la arena central yacía una estatua amorfa de piedra volcánica. El constante viento hacía crujir las hojas caducas que alfombraban el anfiteatro. Caminó inseguro sobre aquellas hojas amarillentas y tocó la estatua que estaba semi-enterrada. Al instante experimentó una energía inesperada, intensa y envolvente que jamás había sentido. Se sintió incapaz de saber qué estaba pasando, mientras de a poco iba perdiendo la noción de sus sentidos. De todos. Arrepentido, quiso sacar su mano, pero era imposible. No tenía fuerzas. Ya no podía sentir nada.

En la arena central yace una estatua amorfa.

Por Lolo

Juan y Sabrina estaban en la habitación del hotel. Mientras ordenaba un poco su ropa, Juan la miró y sintió que empezaba a vivir algo que ya había vivido. Desde un proceso inconsciente a uno consciente, comenzó a saber qué iba a ocurrir luego. Sabrina lo miraría y le preguntaría si estaba todo bien. El respondería que sí, con una sonrisa mientras hacía un bollo con una remera y la ponía en el bolso. Así sucedió.

Él se sentó y miró por la ventana el cielo estrellado. Supo que Sabrina le preguntaría si ya era hora de cenar y le propondría ir al restaurante próximo a la plaza. Él le iba a decir que no, que prefería dormir. Esperó a que ella le hiciera la pregunta y procedió tal cual lo vaticinaba el déjà vu recurrente. 

Comenzaría una serie de reproches que terminarían a los gritos. Y pudo sentir cómo las cosas se irían poniendo cada vez más tensas, revelando la decadencia de la relación que mantenían hace cinco años. Las cosas iban a terminar mal y se dio cuenta de que al final de la discusión, Sabrina moriría. 

Aterrado, se vio envuelto en la discusión que previó hace sólo unos segundos. Reclamos, quejas por cosas que nunca habían aclarado ni resuelto, reproches por actitudes que no lograban concertar viraron en una escena llena de discordia con gritos y violencia. 

Pudo ver próxima la muerte de Sabrina cerca. Trató de salirse de la disputa, quedándose callado. Al hacerlo, se dio cuenta de que eso también lo había vivido. Se preguntó qué podía hacer para escapar de esa situación y evitar la muerte de ella. El propio pensamiento de escapar también lo había vivido. 

Corrió por las escaleras y se tropezó en el tercer escalón. Dio una vuelta en el aire y su nunca dio de lleno contra una baranda de metal rota, que se le clavó en la espina. Fue perdiendo de a poco la sensación de deja vu que lo había consumido media hora antes, mientras una perturbada Sabrina tomaba el revolver del conserje, y entre desesperación y terror lo apoyaba sobre su sien viendo el cuerpo de Juan desvanecerse. Gatilló. Juan, sólo entonces, se dejó ir. 

Por Lolo


El cielo amenazaba con desprenderse por completo luego de la primera gran explosión. Colores surreales surcaban las alturas. Se mezclaban rojos intensos alrededor del sol, con púrpuras sombríos hacia el horizonte y auras verdes en los intersticios.

La segunda explosión rajó paredes e hizo temblar la habitación donde nos tratábamos de proteger del suceso dantesco al cual asistíamos como desafortunado público. La casa había desaparecido luego del vendaval, y el ventanal blindado de la habitación subterránea nos permitía ver el espectáculo.

Mis papás nos abrazaban a mi hermano y a mí, y trataban de tranquilizarnos, pero estábamos ensordecidos. Yo sólo escuchaba un pitido inalterable mientras volvía a poner mis manos en las orejas en caso de que hubiera una nueva explosión.

Pasadas unas horas, el cielo cambió de color con la llegada de la noche. Los azules e índigos no dejaban ver las estrellas.

Pasaron un par de días y entonces mi papá nos explicó que existía un planeta llamado Terracot y que un infiltrado de allí, haciéndose pasar por científico, había decidido acabar con la Tierra. Ahí nos abrazamos y, claro, nos preparamos para lo peor bajo un cielo escarlata que anunciaba el final del planeta.

Por Lolo

Es raro, pero vuelo. Cualquier situación conflictiva que se me presenta la resuelvo de forma simple. Me elevo por los aires y busco un mejor lugar en el cual el conflicto no exista, donde la liviandad del aire me sosiega y me da nuevas fuerzas.

Hoy estaba en el bosque acopiando leña, porque el invierno está próximo. Era mediodía pero la espesura de la floresta me ocultaba los destellos del sol. Con una brazada de vigas, tenía que caminar a través de los árboles para llegar a mi casa, ubicada en una pampa al lado de un arroyo.

De pronto sentí ladridos acercándose. Ladridos y jadeos de fieras dispuestas a atacarme. Sin pensarlo, hice un breve movimiento con mis brazos y me elevé por sobre los árboles, dejando caer los leños. Al mirar hacia atrás pude ver una jauría de perros o lobos, no los pude distinguir bien.

Continué ascendiendo y pude observar una panorámica majestuosa de la pampa donde estaba mi casa, en el faldeo del cerro coronado por nieve y el manso arroyo. Me alegré de haber escapado y comencé a descender rápidamente hacia el lugar donde estaba mi casa.

El descenso se tornó un tanto incontrolable, con ligeras oscilaciones de mis brazos logro estabilizarme y al llegar me despierto apenas un segundo, solo para darme cuenta de que el asfalto en pleno centro de la ciudad ha quedado cubierto de mi sangre. Cierro los ojos mientras escucho un coro de gritos como telón de fondo. Es raro, pero vuelo.

Por Lolo


Abrí los ojos y todo estaba oscuro. No podía distinguir ninguna figura ni silueta ni nada. Un poco asustado, fui hasta la pared de enfrente y accioné el interruptor. No funcionaba. Sólo se escuchaba el clic del artefacto que no encendía la lámpara principal del departamento. Ni siquiera podía calcular la hora pero supuse, a la ligera, que eran las 3 de la madrugada.

Resolví irme a dormir a esperar que vuelva el día y llamar a la empresa de energía para que informe qué desperfecto hubo. Me acosté con los ojos abiertos, pero era imposible percibir algo en la penumbra espantosa. Pasaron algunos minutos y yo estaba ahí, mirando el techo, desvelado. El persistente lobrego de la habitación me inquietaba. De pronto me dormí.

Me desperté agitado. Asustado. Toqué mi frente y estaba sudado, casi a punto de las lágrimas. Me incorporé y recordé mi sueño. En medio de la noche me despertaba e intentaba accionar el interruptor de la lámpara en medio de la oscuridad, una acción totalmente inútil estando solo, simplemente con mi ceguera.

Por Lolo


Estira la mano y vuela. Es un pez dentro del agua. Con movimientos firmes debajo de su abdomen, se desplaza por la piscina con la majestuosidad de los delfines. Se siente poderoso, abstraído del mundo y de las personas.

Secretamente va planeando por debajo del agua, soltando aire de a poco para llegar al otro lado. Son 25 metros que logra sortear con facilidad y luego se arriesga a ir y volver sin sacar la cabeza del agua. Lo consigue. Una mueca de satisfacción se le dibuja en la comisura.

Comienza a hacer gala de sus estilos. Libre, pecho, espalda, mariposa. Cada movimiento que ejecuta muestra la precisión del talento y la disciplina. Se siente vigoroso, admirado, fuerte. Es capaz de tomar consciencia sobre cada músculo de su cuerpo.

El agua no alcanza a ser tibia, lo que le permite mejores movimientos. Puede ver con claridad el fondo de la pileta, los andariveles y las boyas. Usa todos estos elementos para volar en el agua.

Mientras se desplaza ágil y liviano, siente una pequeña presión en el pecho. La presión se incrementa y sacude la cabeza para despabilarse. El auto lo aprisiona entre hierros retorcidos, y va hundiéndose lentamente en una ciénaga pestilente.

Después de cada Semana Santa, Él era incapaz de escribir una palabra en su teclado. No había motivos religiosos, pues ni siquiera entiende los ritos que se practican en los días santos, tampoco por excesos gastronómicos derivados de los días libres fuera del trabajo, y mucho menos la pereza que podría generar tener cuatro jornadas sin ningún tipo de trabajo y responsabilidad.

Y de pronto, sin pensarlo, comienza a escribir la mejor historia jamás contada, con el uso más correcto de los recursos literarios que Él mismo se pudiera imaginar. Una invención hilvanada desde la hipérbole, y que se extiende con agudeza, sentido e imaginación hasta el final, que sorprende con un giro que a nadie se le hubiera imaginado, y que permite reconstruir la historia hasta el principio permitiendo retomar cada palabra como un detalle constructor de la narración. Él parpadea. La pantalla está en blanco y el cursor sigue titilando.

Por Lolo


La heroína de las alturas hacía danzar las nubes con ritmo hipnótico mientras avanzaba veloz desde una cordillera a la otra. Su cabello liso y oscuro contrastaba con los destellos de sol que se filtraban por medio de los nimbos.

Algunos días descansaba en las cavernas del Este, desde donde miraba los cielos diáfanos despojados de vapores. Cuando llegaba el momento, descendía hasta el lago de los Antiguos, giraba y despertaba una tromba con la que luego jugaba en medio de las cordilleras, a veces convirtiéndola en tormenta nieve, a veces en copiosos aguaceros, y a veces en sólo una amenaza gris en las cumbres.

La fuerza de la heroína de las alturas era inexplicable. Los lugareños la amaban tanto como la odiaban. La endiosaban y la demonizaban con la misma facilidad que la heroína convertía en escombros las construcciones de los lugareños con un fuerte chubasco.

Los lugareños no encontraron nunca la forma de complacerla y hacer que sus acciones favorecieran sus sembradíos. Es que ella no actuaba por mandato, sino por sus instintos de preservación de la vida en las cordilleras, que incluía a los lugareños y a la diversidad de especies que habitaban el lugar.

Alguna vez intentaron sacrificios de animales, plegarias, danzas implorando que pare el aguacero, entre otros ritos. Pero la heroína ni siquiera notó tales esfuerzos. Ella actuaba por instinto de preservación, no por supercherías.

Y cuando el suelo crujía por la sequía, volvían a la carga con los rosarios de ritos que, no cabía duda, no servían para nada. La heroína de las alturas simplemente descansaba en un otoño luego de un verano borrascoso.

Cuando volvía el agua a los campos, los lugareños repetían sus sacrificios agradeciendo las bondades de la heroína. Gestos que ella jamás vio. Ella actuaba por instinto de preservación. Así de simple.

Un día, la heroína decidió inundar el valle entre las cordilleras, envolviéndolo en la borrasca jamás vista en la historia y acabar con todo vestigio de vida. Todos los lugareños, los árboles, los animales y otras formas de vida se extinguieron al paso del feroz vendaval de agua. Es claro: ella actuaba por su instinto de preservación.

Por Lolo


Yo sabía que el tren iba a descarrilar. Iban a morir 127 personas en el accidente. La formación iba a salirse de las vías en el kilómetro 27, a la altura de un pueblo llamado Lorne. El mal estado de las vías en el cruce de un vado ocasionaría la tragedia.

Me subí y me senté en el noveno vagón, en la octava fila del lado izquierdo. A mí lado estaba sentada una mujer de buen aspecto. Lucía un poco apurada para ser las siete de la tarde. Debería tener unos cuarenta años. Iba a morir en el accidente. Tal vez, si hubiera sabido su destino, no habría estado tan apurada.

Cuando sonó el silbato sentí un escalofrío. El rugido de la locomotora podía escucharse y pronto la formación se puso en movimiento. Ni el punto de partida ni el de llegada importaba. Sólo importaba Lorne.

La mujer me miró e indagó “¿vos viajás solo?”. Sólo atiné a mover mi cabeza de un lado a otro y luego girar hacia la ventana, para que no me hiciera más preguntas. Seguramente le extrañó ver a un niño de siete años sentado sólo en el tren.

Faltaban pocos metros para el descarrilamiento. Entrelacé mis manos. Imaginé la vía del tren e hice que cediera cuando comenzó a pasar la locomotora. El convoy comenzó a virar hacia un costado, y comenzaron los gritos desesperados dentro de los vagones. Los lamentos eran descomunales. Pronto, el tren comenzó a incendiarse mientras cada vagón iba hundiéndose contra el otro.

Desde mi ventanilla podía ver todo el accidente. Cuando faltaba poco para que el noveno vagón colisionara con el octavo, simplemente salí y me paré sobre el terraplén, a salvo. Todo ocurrió, como ya les dije, en el kilómetro 27, en el poblado de Lorne. Era el mismo lugar donde en un accidente férreo había perdido mi vida. Hace siete años.

Por Lolo


Verónica lloraba en un rincón. Desconsolada. Lloraba sabiendo que había perdido a la persona que más quería en el mundo. Sus lágrimas manchaban el piso de madera del comedor.

La aflicción de Verónica era tal que Martín, distante sentado en un banco del living, también sentía ganas de llorar aunque no sabía por qué no podía ni siquiera soltar una lágrima. Apenas atinaba a mirarla con una tristeza profunda, pero sin coraje para acercarse, abrazarla y consolarla.

Verónica sollozaba, suspiraba, y volvía al llanto sin consuelo, que parecía eterno.
Martín tenía una mueca rara en la comisura de los labios, como queriendo llorar.

Las lágrimas en el piso reflejaban el rostro de Verónica. Su belleza extraordinaria no se opacaba con los lamentos. Vestía su usual pantalón de jean, una remera azul sin mangas y su cabello estaba semi recogido en la nuca.

Martín, en cambio, vestía una camisa gris y un pantalón de lino negro. Desde su banco miraba el retrato de una Verónica que parecía desconocida. Nunca la había visto llorar. Siempre tuvo sonrisas, caricias y miradas tiernas. Esta vez no. Sólo sollozos.

Por la ventana del comedor, la luz tenue del sol iluminaba a través de las cortinas el rostro de Verónica.

A Martín no había claridad que lo iluminara. Estaba sólo en oscuridad del living, cubierto de sombras.

Verónica sentía mucho dolor, no encontraba consuelo a su aflicción. En un segundo de alivio dijo, con la voz entrecortada: -¡Martín!

Al escuchar su nombre, Martín empezó a experimentar palpitaciones, sudoración y un nerviosismo que jamás había sentido. Intentó pararse y acercarse a Verónica, pero no podía. Estaba inmovilizado. Era imposible ir hasta donde estaba ella.

Verónica se levantó del piso, llorando aún, y se fue de aquella esquina.

Martín quiso gritar y llamarla. Fue entonces cuando el cuarto oscuro de la casa viró en una sala inmaculada e iluminada, pestilente de alcohol y cloro. El banco en el que estaba sentado era simplemente una camilla. Sintió su respiración estimulada por una máquina y una serie agujas lastimando sus venas. Verónica no había sobrevivido el accidente de ésa madrugada.

Por Lolo

Hoy salí del edificio un tanto apurado. El cielo estaba encapotado, gris y amenazante. Nunca me gustó usar paraguas, así que no tenía ninguno. Entonces, si se largaba a llover, debería cruzar las diez cuadras hasta la oficina, llegar mojado y de mal humor.

Mientras apuraba el paso, vi como un cristal se partía al estrellarse contra la vereda. Extrañado, miré para detectar qué desubicado estaba arrojando vidrios por el balcón. No vi nada. De pronto, otro estallido de cristales contra el suelo y lo que parecía un hecho aislado se convirtió en un fenómeno repetido y recurrente.

Corrí debajo del alero de la farmacia de la esquina y vi como miles de cristales caían desde el cielo sobre la calle, las veredas y algunas personas, que intentaban protegerse de tal demencial diluvio.

El sonido de vidrios rompiéndose contra la superficie era atormentador. Algunas partículas me dieron en el sobretodo y me cubrí como pude las manos y la cabeza, mientras escuchaba gritos aterradores de gente que había sido alcanzada por los cristales.

Fueron minutos que parecían años. El crepitar de los cristales contra el pavimento parecía no tener fin.

Cuando acabó, la imagen era dantesca: personas yacían en el piso ensangrentadas por la inusual torva. Me miré y apenas tenía unos rasguños en las manos. Respiré aliviado. Pero sólo fue un momento. Temprano me di cuenta de que un cristal atravesaba mi pecho, y poco a poco me fui quedando sentado, mientras una leve llovizna, esta vez de agua, comenzó a lavar la sangre del asfalto.

Por Lolo

Rara vez riego las plantas del balcón. Por alguna cuestión que no entiendo, insisten en seguir viviendo a pesar del poco interés que demuestro hacia ellas. Me son indiferentes, me da igual si están o no están. Cuando me acuerdo les tiro un poco de agua y, mientras la ciudad se sofoca con 39 grados, las plantas no se marchitan. Están ahí, firmes.

Hace unos días vi algo raro asomándose en el balcón. Me pareció extraño: vivo en un duodécimo piso y tal cosa es imposible. Atribuí la visión a mi cansancio, al calor, al hastío que me produce esta ciudad.

Horas más tarde lo volví a ver. Aunque no sé si lo vi o si sentí una presencia ajena. Las plantas estaban más verdes que nunca. Las ramas y hojas cubrían gran parte del balcón. Como si de un día para el otro, un elixir las hubiera empujado a colonizar ése sector del departamento. Tomé una tijera de podar, decidido a poner fin a tal situación ilógica.

Corté un gajo y comenzó a salir sangre. No podía creer lo que estaba viendo. Entré raudo al departamento y cerré la ventana. El balcón estaba regado en sangre. En mi desesperación tomé el teléfono y quise llamar a la policía. En ése momento vi un animal peludo que se posaba en el balcón con un aspecto sereno. Era una especie de mono de baja estatura. En sus ojos serenos se reflejaba mi nerviosismo.

El teléfono no funcionaba. Quise salir del departamento, pero las llaves no abrían. Empecé a gritar, pero parecía estar solo en un lugar que ya no parecía mi casa.
De a poco entendí que los esfuerzos eran inútiles. El simio parecía sonreírse. Las ramas terminaron por bloquear la luz exterior y de a poco fueron tirando más gajos por las rendijas de las ventanas.

Inmóvil, desesperanzado y aterrado empecé a llorar, impotente. El mono rompió uno de los vidrios y con una extraña caridad, me miró mientras un líquido rojo cubría todo el departamento. Me miraba mientras yacía en el piso, ahogándome en esa extraña savia de lugares remotos.

en la quimera

Todos tenemos nuestras quimeras. Esos relatos fantásticos o irreales, o donde se mezcla lo real con lo increíble, la vida con la muerte. Este espacio es apenas eso, un intento de explorar nuestras quimeras.

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